Entrar a una obra con la temporada ya en marcha es como subirse a un carro en movimiento: todos conocen la ruta y uno tiene que encontrar su lugar. Ese fue el reto de Gianella Neyra al incorporarse a “Mamma Mia!” como Tanya, en el Teatro Peruano Japonés. Entre la seguridad de su personaje y la experiencia de la actriz, Gianella construyó su propia versión dentro de una historia musical que reúne romance, familia y las canciones de ABBA.
Magacín 24.7 habló con Gianella Neyra, quien nos cuenta cómo vivió este proceso, los desafíos de asumir un personaje con la temporada ya iniciada, el trabajo detrás de cada función y los nervios que todavía aparecen al salir al escenario. La obra se encuentra en su última semana de presentaciones y culminará este domingo 27 de septiembre. Las entradas para las funciones que quedan están disponibles a través de Joinnus.
¿Cómo nació la propuesta de interpretar a Tanya y qué te hizo decir que sí?
Viene desde antes de la pandemia. Los productores me propusieron interpretar a Tanya, pero el proyecto se detuvo. Me quedé con el guion y las ganas de hacerla. Cuando surgió otra vez la posibilidad, dije que sí. El teatro musical me encanta porque me saca de mi zona de confort y me permite aprender un montón.
Pero te incorporaste cuando la temporada ya estaba en marcha…
Fue complejo, como subirme a un carro en movimiento. El elenco ya había resuelto sus preguntas y tenía todo incorporado. Yo debía arriesgarme, hacer mío el personaje e integrarme sin cambiar demasiado lo que estaba armado. Era un gran desafío, pero también una oportunidad para seguir aprendiendo del oficio.
Y al subirte a ese carro, ¿cuál fue la primera sorpresa que te llevaste?
Me sorprendieron la cantidad de baile y las coreografías, muy distintas a las de la versión anterior. La obra exige mantener la energía arriba porque no paramos. Es una fiesta para el público y un reto para nosotros. Al principio pensé: “Ay, Dios mío, ¿cómo vamos a resolver esto?”. Lo logramos con ensayo y trabajo.

Para llegar a ese punto tuviste que entrenar varias horas al día…
He tenido que bailar cerca de cuatro horas diarias durante varias semanas. Lo más difícil es unir actuación, canto y baile: saber cuándo respirar, moverse y sostener una nota sin perder la intención. No basta con aprender la coreografía; todo debe funcionar a la vez y continuar la historia. Es demandante, pero gratificante.
¿Qué otros desafíos encontraste en las coreografías?
Una canción no es solo una canción; es el personaje hablando y haciendo avanzar la historia. Están las cargadas: me levantan durante la coreografía mientras debo seguir cantando. El reto es evitar que esos movimientos afecten la voz, la respiración, la entonación o la intención de Tanya. Todo debe mantenerse firme.
Cuéntanos sobre Tanya, ¿cómo la describirías?
Tanya siempre está al frente y eso es muy distinto de mí. Aunque sea actriz y haya protagonizado mucho, prefiero estar atrás, tranquila y observando. Nunca elegiría un asiento en primera fila, mientras que Tanya se sentaría en el medio para que todos la miren. Construir esa seguridad en escena es un reto para mí.

A pesar de esas diferencias, ¿cómo lograste conectar con ella?
La edad te trae experiencias y seguridades. Eso me ayuda a conectar con una mujer que parece tener algunas respuestas y puede reírse de ciertas situaciones. Pero, sobre todo, me acerqué a Tanya desde la amistad: “Mamma Mia!” cuenta la historia de tres amigas de toda la vida que se acompañan en momentos difíciles.
¿Tu experiencia como protagonista también te ayudó a construirla?
Aunque mi energía es más tranquila, mi trabajo me ha llevado a menudo a ocupar un lugar protagónico y estar al frente. Desde esa experiencia construí parte de Tanya y entendí mejor su seguridad. Aun así, el personaje sigue lejos de mi zona de confort. Por eso me parece complejo, pero también divertido interpretarlo.
Tanya ha sido interpretada por diversas actrices. ¿Qué sello le pusiste a tu versión?
Eso tendrías que preguntárselo a alguien más porque no puedo verme desde afuera y compararme. Creo que cada actriz lleva su propia energía, su historia y su momento de vida. Aunque interpretemos el mismo texto y las mismas canciones, cada versión termina siendo distinta. Eso es lo más bonito del oficio.

¿Qué diferencia encontraron entre tu Tanya y la de Rebeca Escribens?
Un amigo que vio primero a Rebeca Escribens y luego a mí sintió que mi Tanya estaba más apoyada en la amistad, el compañerismo y el doble sentido, como una mujer que ya ha vivido y se toma las cosas con ligereza. A la de Rebeca la percibió más femme fatale. Las dos contábamos la misma historia desde energías distintas.
Tanya recibe el coqueteo de un hombre más joven. ¿Cómo trabajaste esa escena?
Descubrí que tengo mucha vergüenza y que soy muy, muy tímida. Pero la escena me divierte porque es un juego. Sebastián Ramos, quien interpreta a Pepper, está siempre atento y hemos encontrado un espacio para divertirnos. Esa confianza nos permite jugar en cada función sin perder el sentido de la historia.
Tu altura también terminó formando parte de ese juego…
Soy más alta que Rebeca Escribens y, con los tacos de Tanya, llego a medir casi dos metros. Mi altura terminó incorporándose al juego escénico. No hay actor con quien me relacione en la obra que no aproveche ese detalle para generar momentos divertidos. Se convirtió en un recurso inesperado que todos usamos.

Después de tantos años de carrera, ¿todavía sientes nervios antes de salir?
Siempre siento nervios. Si dejara de tenerlos, no sería tan emocionante porque significa que todavía me importa lo que hago. No me gusta sentirme demasiado cómoda: podría dejar de estar alerta. Antes de una coreografía repaso pasos con Raúl Zuazo y los textos más rápidos. Esa rutina se convirtió en mi ritual.
¿Qué es lo que más recuerdas de tu primera función como Tanya?
Lo que más recuerdo es el respaldo de mis compañeros. Aunque ya venían trabajando, más de veinte compañeros dedicaron horas y días a ensayar conmigo. Cuando terminaba una escena o coreografía, estaban detrás alentándome con una palmada o un high five. Fue muy bonito sentirlos tan contenedores frente a mis nervios.
Y cuando baja el telón, ¿cómo haces para bajar todas esas revoluciones?
Me quedo en el teatro. Me desmaquillo y me siento en el camerino antes de manejar a casa. “Mamma Mia!” mantiene la energía arriba y necesito bajarla poco a poco. También hago una evaluación: repaso qué funcionó, qué no salió como quería y qué conservaría para la siguiente función. Recién después me voy.

Entre todas las canciones, ¿alguna te conecta con recuerdos personales?
“Does Your Mother Know” me parece divertidísima. También están “Chiquitita” y “Slipping Through My Fingers”, temas que escucho desde hace tiempo y me producen muchas sensaciones. A veces las escucho y las canto bajito frente al monitor. “Waterloo”, en cambio, tiene una introducción que automáticamente me pone feliz.
La obra habla de una amistad de muchos años. ¿Cómo te defines tú como amiga?
Creo que soy hiperfiel. Me gusta tener amistades y relaciones largas. No son muchas, pero se han construido con el tiempo. Creo en esos vínculos en los que conoces los matices de una persona, sus claros y sus oscuros, los aceptas como son y sigues acompañándola. Para mí, la confianza y la permanencia son fundamentales.
¿Qué puedes disfrutar hoy que hace veinte años te costaba?
Ahora puedo disfrutar el no saber. Antes, no saber qué iba a pasar o cómo resolver algo me generaba inseguridad y ansiedad; quería que todo estuviera definido. Hoy entiendo que esa incertidumbre forma parte de la vida y de cualquier proyecto. De repente, lo más bonito es no saber, porque todo sigue siendo posible.

