El guionista ecuatoriano Gonzalo Córdova estrenó ‘Mujeres con hombreras‘, una comedia animada en stop-motion ambientada en el Quito de los años 80. La serie, producida por el estudio mexicano Cinema Fantasma, combina melodrama, humor absurdo y estética ochentera, con un elenco femenino protagonista y un universo poblado de cuyes. Su llegada a Adult Swim y HBO Max marca un hito para la animación latinoamericana.
Magacín 24.7 conversó con Córdova sobre la inspiración detrás del proyecto, la importancia de retratar identidades locales con alcance internacional y el desafío creativo de llevar una telenovela al terreno de la animación en miniatura.
La historia de la serie parece tener un origen muy particular. ¿Cómo nació la idea de Mujeres con hombreras?
La serie nació de dos inspiraciones: el teatro Bob Baker Marionette en Los Ángeles y las películas de Pedro Almodóvar. Primero pensé solo en el nombre, pero durante la pandemia estaba frustrado con los proyectos que me ofrecían, historias que no sentía propias. Ese día recordé la idea, escribí el pitch en dos días y lo presenté. Solo lo ofrecimos a Adult Swim y aceptaron. Fue un acto de pasión y también de rebeldía: quería hacer algo profundamente mío.
Has mencionado que la ambientación en Quito no es casualidad. ¿Por qué decidiste situar la serie en los años 80 en esa ciudad?
Recién había regresado a Quito tras 20 años. Fue un viaje familiar muy emotivo y todas esas memorias estaban frescas en mi mente. El centro histórico me pareció impresionante, uno de los más bonitos que he visto. Cuando haces stop-motion, tienes que recrear el mundo real en miniatura, y pensé que si iba a pasar cinco años con esta serie, debía hacerlo en un lugar que amara. Quito era perfecto: familiar, nostálgico y visualmente espectacular.
El proyecto se realizó en stop-motion. ¿Qué te llevó a esa técnica?
Al inicio quería hacerlo con títeres, pero Adult Swim sugirió stop-motion y me conectaron con Cinema Fantasma. El stop-motion es muy difícil, pero esa dificultad le da alma: ves el trabajo manual en cada movimiento. Además, la serie es, en esencia, una telenovela con emociones enormes, y representarlas en miniatura tiene algo cómico y humano. Si hubiera sido en 2D o CGI, creo que habría perdido ese contraste entre lo ridículo y el esfuerzo artesanal.

La serie se inspira en el melodrama. ¿Qué quisiste rescatar de ese género?
Me inspiré en el cine de Almodóvar, en los melodramas clásicos de Hollywood de los años 40 y 50, y en el cine de oro latinoamericano. También en películas ecuatorianas como Fiebre de mi juventud, además de fotos y videos familiares. Quito y Ecuador son grandes fuentes de inspiración: su gente, su estética, su memoria visual. Para mí la serie es casi una obra de arte que mezcla melodrama, humor absurdo y referencias muy específicas de mi cultura.
Casi todos los personajes son mujeres. ¿Por qué tomaste esa decisión?
En los melodramas, los personajes femeninos siempre resultaban los más memorables. Uno recuerda a Joan Crawford en Mildred Pierce, no a los hombres que la acompañaban. Yo quise exagerar eso. Desde el nombre original, Women Wearing Shoulder Pads, estaba claro que las mujeres debían ser el centro. Al tomar esa decisión, todo lo demás en la serie se alineó: exageración, comedia y melodrama giran alrededor de personajes femeninos fuertes, excéntricos y ambiciosos, que son los que más atrapan la memoria.
Un detalle llamativo de la trama son los cuyes. ¿Cómo surgió incluirlos?
Es un recuerdo de mi infancia. Cuando vivía en EE. UU. los cuyes eran mascotas; en Ecuador descubrí que se comían, y ese choque cultural me marcó. Quise trasladar esa sensación a la serie. No es una burla, sino un detalle específico de la cultura ecuatoriana que aporta humor, identidad y emoción. En realidad, muchos elementos de Mujeres con hombreras vienen de esa necesidad de ser lo más específico posible y mostrar algo que no puede existir en otro país.

La producción estuvo a cargo de Cinema Fantasma en México. ¿Cómo fue trabajar con ellos?
Desde la primera reunión por Zoom supe que eran los indicados: tenían esa energía creativa y juguetona que la serie necesitaba. Además, comprendieron algo clave: que Latinoamérica no es homogénea, que Ecuador tiene su propia identidad. Trabajamos con fotos, referencias y mucha investigación. Su sensibilidad permitió que la serie tuviera alma y autenticidad. Para mí era importante colaborar con un estudio latinoamericano, porque entendían la importancia de cuidar esos detalles culturales sin mezclar ni simplificar tradiciones.
Finalmente, ¿qué te gustaría que el público se lleve al ver la serie?
Ante todo, quiero que se diviertan y que digan: “queremos ver más”. Es una serie para reírse y sorprenderse, aunque también habla de cultura e identidad. En EE. UU. me encantaría que motive a la gente a abrirse a contenidos en español, a leer subtítulos y descubrir historias de otros países. Mujeres con hombreras es una producción internacional: un puente entre Ecuador, México, España y EE. UU. Creo que refleja cómo el arte actual es verdaderamente global.

