La actriz Vania Accinelli protagoniza ‘Mi Madre se Comió mi Corazón‘, una obra escrita y dirigida por K’intu Galiano que forma parte del Ciclo de Otoño 2025 del Teatro La Plaza. La pieza propone una travesía íntima que entrelaza salud mental, vínculos familiares y memoria emocional, a través del testimonio de una mujer diagnosticada con trastorno bipolar que intenta rehacer su identidad y sanar la relación con su madre. La temporada va hasta el 25 de mayo, con funciones de martes a domingo.
Magacín 24.7 conversó con Vania Accinelli, quien compartió cómo ha sido dar vida a un personaje tan demandante física y emocionalmente. En la entrevista, reflexiona sobre el impacto del teatro como herramienta de transformación, los desafíos que enfrenta al sostener una obra tan intensa y lo que espera que el público se lleve de esta experiencia conmovedora. Las entradas están disponibles en Joinnus y en la boletería del teatro desde las 3:00 p. m.
Vania, ¿podrías contarnos de qué trata la obra y cómo es el personaje que interpretas?
Mi madre se comió mi corazón es una obra que pone en relieve la importancia de observarnos a nosotros mismos, de entendernos, y desde ahí poder construir una relación saludable con nuestra propia mente y también con las personas a nuestro alrededor. Creo que ese es el principal tema y el horizonte de la obra: crear puentes hacia adentro y hacia afuera, auténticos, libres de etiquetas impuestas tanto desde el exterior como desde nuestro propio interior, gracias al autoconocimiento.
El personaje que interpreto está precisamente en ese camino, con un nivel de compromiso altísimo, indiscutible, porque ha tenido una historia familiar que la ha marcado profundamente. Como ella misma dice en la obra, hay heridas emocionales que necesita tramitar para poder tener una relación más plena con su salud mental. Y de eso se trata: de una mujer que trabaja constantemente, día a día, para caminar hacia ese horizonte, mientras también transita la pérdida de su madre.
¿Qué fue lo que te motivó a aceptar un personaje tan exigente y emocionalmente intenso?
Lo que más me motivó fue el nivel de compromiso que tiene el personaje, no solo con el autoconocimiento, sino también con la sociedad. Esta obra necesita un público para existir, porque el teatro depende de muchos aspectos para que ocurra la magia, y el público es uno de los principales. Como mujer, madre y peruana, me siento identificada con la necesidad de que la voz de este personaje —que representa a miles de mujeres— sea escuchada en un escenario. La obra busca transformar la forma en que tratamos estos temas, liberarnos de estigmas y conservas culturales que nos hacen daño, y crear un espacio más saludable y fructífero para las generaciones futuras, donde podamos ser libres de ser quienes somos.

¿Cómo fue tu proceso de preparación para construir a este personaje, tanto a nivel emocional como físico?
Tener al dramaturgo y director de la obra como mi esposo en la vida real fue una gran ventaja. Conozco la historia desde hace mucho tiempo y he estado involucrada en el proceso de construcción del personaje desde el principio. Hemos tenido muchísimas conversaciones que me permitieron acumular información y sensibilizarme emocionalmente. No fue un proceso apresurado, sino que llevamos mucho tiempo familiarizándonos con el contenido, tanto a nivel cognitivo como emocional.
Además, cuando entró el cuerpo en escena, comencé a trabajar con Jaciel Gutiérrez, la directora de movimiento, para conectar con la historia a través del cuerpo. Este trabajo físico se complementó con el proceso emocional, y fue fundamental para que, al comenzar los ensayos, todo fluyera orgánicamente. La compañía de Jaciel ha sido esencial en todo el proceso, ya que constantemente encontramos nuevas formas de expresar lo que le ocurre al personaje a través de su corporalidad. Es un lenguaje muy poderoso.
¿Y tú ves algo de ti misma en el personaje? ¿Hay algún momento donde sientas que te ves reflejada en ese personaje?
Sí, definitivamente. Creo que, como creadora del personaje, mi punto de partida siempre es preguntarme qué tengo en común con él. En mi caso, lo que comparto con el personaje es el deseo profundo de que la relación con mi hija sea limpia, nutritiva y amorosa, libre de los daños que puedan haberse acumulado a lo largo de generaciones en nuestro árbol familiar. Esta convicción de que el mejor regalo que le puedo dar es trabajar en mí misma, es algo que también está muy anclado en mi corazón y en el personaje.
Además, creo que ambos cuestionamos lo que la sociedad considera «normal» o «anormal» y cómo esto nos afecta psicológica y emocionalmente. Nos molesta la manera en que nos hemos tratado a lo largo del tiempo, cómo nos hemos sumido en una competitividad y egocentrismo que no permite una vida plena en comunidad. Esa reflexión sobre la sociedad y nuestra relación con ella es algo que compartimos, y es una de las claves del personaje.
Con una obra tan intensa, ¿cuál ha sido el reto más grande que has tenido que enfrentar?
Creo que lo vivo todos los días en el teatro, cada vez que me dispongo a entrar al escenario. Este personaje requiere una fuerza no solo física, sino también espiritual y emocional, que tengo que sostener durante más de una hora de función, lo que es realmente intenso. El mayor desafío es prepararme emocionalmente para el viaje que representa la obra. Aunque la obra tiene desafíos técnicos, como el amplio texto y el desarrollo corporal que requiere un calentamiento profundo, lo más exigente es el proceso previo, el momento antes de que empiece la obra. La montaña rusa emocional por la que atravieso en el escenario es uno de los mayores retos. Además, al salir del escenario, otro desafío es poder quitarme el rol y regresar a mí misma, bajando las revoluciones de mi cuerpo.

¿Hay alguna escena en particular que te haya puesto al límite?
Sí, hay una escena en la que el personaje accede a un recuerdo de cuando era bebé y su mamá la cuidaba, o al menos intentaba cuidarla. Es un momento muy duro, tanto física como psíquicamente, tanto para el personaje como para mí. Diría que esa escena es la más desafiante emocionalmente para sostener durante la obra.
¿Cómo ha recibido el público una propuesta tan íntima y frontal como ‘Mi madre se comió mi corazón‘?
Siento que el público responde con mucho agradecimiento, porque anhelamos historias con ese nivel de valentía y profundidad. El personaje se desnuda emocionalmente en el escenario, y yo trato al público como si fueran mis mejores amigos. Esa autenticidad es algo que la gente valora mucho. Los comentarios de agradecimiento destacan la sensibilidad y crudeza de la obra, lo cual me emociona, porque el objetivo es llegar más allá del entretenimiento, invitando a la reflexión y el cuestionamiento. Eso es lo que está ocurriendo, y me parece algo precioso.
Podemos decir que la obra busca hacer reflexionar al público sobre la salud mental…
Podríamos decirlo así, aunque no diría que es el único objetivo. La obra busca ser un agente de luz en medio de un viaje tan complejo como el que implica hacerse cargo de uno mismo. Trata de mostrarnos que la salud depende, en primer lugar, de nuestra valentía para mirar nuestra propia historia, los momentos que han dejado huella a lo largo de nuestra vida. Cómo podemos indagar en esos momentos, con un acompañamiento profesional, terapéutico, y con personas de confianza, para poder vivir en un estado de salud integral. Creo que hacia allí apunta la propuesta de la obra.
¿Consideras que el teatro puede ser un buen medio que pueda ayudar a visibilizar ese tipo de temas?
Absolutamente. El teatro es siempre político, y esta obra también lo es. Creo que tenemos la oportunidad de transmitir un contenido con muchísimo poder, porque simplemente poner algo en escena para que el público lo vea ya conlleva una gran responsabilidad. La gente decide poner su atención en eso y todas las cosas que dices, la manera en la que la dices es importante, todo es importante. Definitivamente lo que compartimos en el teatro puede transformar la sociedad.

Para terminar, Vania, ¿por qué no deberíamos perdernos ‘Mi madre se comió mi corazón‘?
Porque somos parte de un mismo engranaje: no estamos separados de las demás personas y compartimos una responsabilidad común de vivir en una sociedad más empática y respetuosa. Esta obra nos permite asomarnos al universo mental, psicológico, complejo de un individuo que, en el fondo, podríamos ser cualquiera de nosotros. Nos invita a observar con atención la historia de alguien en toda su complejidad y a valorar su trayecto. Desde ahí, se abre una puerta hacia una mirada más comprensiva, no solo hacia los demás, sino también hacia uno mismo. Creo que ese ejercicio de empatía es algo que hoy necesitamos profundamente.
Y si alguien que nos lee quiere verla, ¿hasta cuándo tienen la oportunidad?
La obra Mi madre se comió mi corazón se presenta en el Teatro La Plaza, ubicado en el centro comercial Larcomar, en Miraflores. La temporada se extiende con funciones de martes a sábado a las 8:00 p. m., y los domingos a las 7:00 p. m.. Las entradas están disponibles en la boletería del teatro, abierta desde las 3:00 p. m., y también pueden adquirirse de manera anticipada a través de la plataforma digital Joinnus.

